por Vinicius Kede, secretário general de ODUCAL y Gregory Rial, secretário del presidente de ODUCAL
Un año después de su pascua, podemos decir con seguridad que el Papa Francisco nos dejó más preguntas abiertas que respuestas cerradas. Y eso, quizás, sea la forma más fiel de describir su legado, pues su magisterio es una semilla lanzada al suelo cuya latencia aguarda las condiciones precisas para romper la cáscara y elevarse hacia la luz. Francisco no gobernó la Iglesia como quien administra un archivo, sino como quien cultiva un jardín en terreno difícil, tarea que le exigió paciencia y ensuciarse las manos con tierra.
Cinco palabras organizan lo que Francisco quiso decirle al mundo. Son como apuestas pastorales, cada una capaz de incomodar a alguien y de invitar a revisar las estructuras.
La primera es Evangelización. Francisco jamás separó el anuncio del Evangelio del contacto con la existencia concreta de las personas. La Evangelii Gaudium fue, desde 2013, su posicionamiento de gobierno. Aspiraba a una Iglesia en salida, capaz de ir a las periferias, que prefiere ser una comunidad accidentada a una comunidad anestesiada. Evangelizar, para él, tenía más de contagio que de convencimiento.
La segunda, Ecología Integral, consagrada en la Laudato Si’ y, después, en la Laudate Deum, interpelaron a la Iglesia y al mundo a buscar una espiritualidad auténtica que no ignore el gemido de la tierra ni de sus pobres.
La tercera, Economía, era quizás la más incómoda de todas. Francisco señaló los mecanismos que producen exclusión. Sin asumir el papel de ideólogo, sino como pastor que había visto con sus propios ojos lo que la pobreza le hace al rostro de las personas, denunció la lógica perversa del descarte y la desigualdad, proponiendo caminos circulares y humanizantes.
La Educación, cuarto E de Francisco, encontró en el Pacto Educativo Global una fórmula inspiradora. En su visión, la educación es espacio de reconstrucción de lo humano, de formación de una ciudadanía capaz de cuidar de sí misma, del prójimo y de la Casa Común. Para Francisco, educar era siempre un acto político y espiritual al mismo tiempo, orientado a formar personas que no se resignen al mundo tal como está.
Por último, el Ecumenismo confirma que Francisco fue el papa de los puentes. Dialogó con los ortodoxos, con los reformados, con los pentecostales, con los judíos, con los musulmanes, y lo hizo por convicción teológica, pues el escándalo de la división cristiana debilita el testimonio del Evangelio en el mundo.
Ahora bien, si los cinco E’s son el contenido del legado, la sinodalidad es su forma, y quizás sea ahí donde reside el aspecto más revolucionario, y también el más resistido, del pontificado de Francisco.
Sinodal no describe un proceso de consultas, sino que, como advertía el papa, se trata de un modo de ser Iglesia: caminar juntos, escuchar antes de decidir, reconocer que el Espíritu habla también por quienes no ocupan los primeros lugares. Al final de su jornada terrena, Francisco convocó el Sínodo sobre la Sinodalidad consciente de que el mayor obstáculo no sería la oposición declarada de unos pocos, sino el hábito arraigado en muchos. Una Iglesia acostumbrada a la verticalidad no se vuelve sinodal por decreto. Su conversión estructural depende de aprendizajes concretos y de decisiones firmes, como él lo hizo mientras vivió. Francisco no eludió los desafíos de la sinodalidad. Sabía que ese estilo tiene un costo: genera ambigüedad, demora, tensión. Pero insistió en él porque sabía que una Iglesia que no aprende a escuchar pierde la capacidad de anunciar con credibilidad.
Hay semillas que necesitan pasar por el frío antes de germinar. La latencia no es el fracaso de la semilla, sino su protección hasta que llegue el momento oportuno. El legado de Francisco es así. Mucho de lo que sembró todavía no ha germinado. Hay resistencias internas que no han cedido. Hay estructuras que absorbieron el vocabulario de la reforma sin cambiar la lógica de funcionamiento. Hay diócesis que oyeron hablar de sinodalidad y siguieron decidiendo en pequeños grupos cerrados.
La semilla, sin embargo, ya está en el suelo. Cuando las condiciones maduren, cuando una nueva generación de pastores, educadores y liderazgos pastorales haya hecho de Francisco una experiencia formativa, llegarán las flores y los frutos. El Papa Francisco no quiso un gran sepulcro en la cripta de los papas, sino que pidió ser enterrado de manera sencilla, en la tierra, sin pompas. Como la semilla de su magisterio, fue plantado en la tierra del mundo para fecundarla en vida plena para todos. Y eso, el tiempo se encargará de hacerlo.
O legado de Francisco um ano após sua páscoa
por Vinícius Kede, secretário geral da ODUCAL e Gregory Rial, secretário do presidente da ODUCAL
Há um ano de sua páscoa, podemos dizer com segurança que o Papa Francisco nos deixou mais perguntas abertas do que respostas fechadas. E isso, talvez, seja a forma mais fiel de descrever seu legado, afinal, seu magistério é uma semente lançada ao solo cuja dormência aguarda as condições certas para romper a casca e subir em direção à luz. Francisco não governou a Igreja como quem administra um arquivo, mas como quem cultiva um jardim em terreno difícil que exigiu dele paciência e sujar as mãos com terra.
Cinco palavras organizam o que Francisco quis dizer ao mundo. Elas são como que apostas pastorais, cada uma capaz de incomodar alguém e fazer revisar as estruturas.
A primeira é Evangelização. Francisco nunca separou o anúncio do Evangelho do contato com a existência concreta das pessoas. A Evangelii Gaudium foi, desde 2013, o seu posicionamento de governo. Ele almejava por uma Igreja em saída, capaz de se ir às periferias, que prefere ser uma comunidade acidentada a uma comunidade anestesiada. Evangelizar, para ele, tratava mais de contágio que de convencimento.
A segunda, Ecologia Integral, consagrada na Laudato Si’ e, depois, na Laudate Deum provocaram a Igreja e mundo a buscar uma espiritualidade autêntica que não ignora o gemido da terra e de seus pobres.
A terceira, Economia, talvez fosse a mais incômoda de todas. Francisco apontou para os mecanismos que produzem exclusão. Sem assumir o papel de ideólogo, mas como pastor que havia visto com os próprios olhos o que a pobreza faz ao rosto das pessoas denunciou a lógica perversa de descarte e desigualdade, propondo caminhos circulares e humanizantes.
A Educação, quarto E de Francisco, teve no Pacto Educativo Global uma fórmula inspiradora. Na sua visão a educação é espaço de reconstrução do humano, de formação de uma cidadania capaz de cuidar de si, do próximo e da Casa Comum. Para Francisco, educar era sempre um ato político e espiritual ao mesmo tempo, pois busca-se formar pessoas que não se resignem ao mundo como ele está.
Por fim, o Ecumenismo reforça que Francisco foi o papa das pontes. Dialogou com os ortodoxos, com os reformados, com os pentecostais, com os judeus, com os muçulmanos e o fez por convicção teológica já que o escândalo da divisão cristã enfraquece o testemunho do Evangelho no mundo.
Contudo, se os cinco E’s são o conteúdo do legado, a sinodalidade é sua forma e talvez seja aí que resida o aspecto mais revolucionário, e também o mais resistido, do pontificado de Francisco.
Sinodal não descreve um processo de consultas, mas, como alertava o papa, trata-se de um modo de ser Igreja, o de caminhar juntos, escutar antes de decidir, reconhecer que o Espírito fala também pelos que não ocupam os primeiros lugares. No fim de sua jornada terrestre, Francisco convocou o Sínodo sobre a Sinodalidade consciente de que o maior obstáculo não seria a oposição declarada de alguns poucos, mas o hábito enraizado em muitos. Uma Igreja acostumada à verticalidade não se torna sinodal por decreto. Sua conversão estrutural depende de aprendizados concretos e de decisões firmes, como ele o fez enquanto viveu. Francisco não evitou os desafios da sinodalidade. Ele sabia que esse estilo tem custo. Gera ambiguidade, demora, tensão. Mas Francisco insistiu nele porque sabia que uma Igreja que não aprende a escutar perde a capacidade de anunciar com credibilidade.
Há sementes que precisam passar pelo frio antes de germinar. A dormência que não é o fracasso da semente, protege até chegar o momento certo. O legado de Francisco é assim. Muito do que ele semeou ainda não germinou. Há resistências internas que não recuaram. Há estruturas que absorveram o vocabulário da reforma sem mudar a lógica de funcionamento. Há dioceses que ouviram falar de sinodalidade e continuaram decidindo em pequenos grupos fechados.
Mas a semente já está no solo. Quando as condições amadurecerem, quando uma nova geração de pastores, educadores e lideranças pastorais tiver feito de Francisco uma experiência formativa, as flores e os frutos virão. O Papa Francisco não quis um grande túmulo na cripta dos papas, mas pediu para ser enterrado de maneira simples, na terra, sem pompas. Assim como a semente de seu magistério, ele foi plantado na terra do mundo para fecundar em vida plena para todos. E isso, o tempo se encarregará de fazer.